Francisco Biskupovic, académico del Instituto de Arquitectura UACh: “El desafío de las futuras generaciones de arquitectas y arquitectos debe ser encarnar las obras y hacer aquello que decimos”.
Galería Réplica UACh invita a inscribirse en Seminario “Curatorías Locales” de Valentina Montero
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Encuentros Felices

Hoy es un día triste, cae una lluvia lenta, ha muerto nuestro querido Germán Arestizábal, uno de mis maestros. Él y su obra que transpiraba con lápices de colores, una estética surrealista y sudaca, capaz de alear una pierna de mujer y un cisne, para transformarlos en un sillón…

Inspiraron mi obra visual,  que realizo desde hace más de 40 años mediante la técnica del collage, para -igual que Germán- fusionar  imágenes de orígenes diferentes. Una de sus enseñanzas mayores fue que: para hacer esa fusión lo que había que producir eran  “encuentros felices “.

En los años ’70 fue mi profesor de dibujo en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile en Valparaíso. Cuando salíamos a caminar  por las calles del puerto, nos enseñaba a mirar con ojos certeros imágenes que se podían fugar, las que debíamos atrapar de inmediato en la croquera sacando raudo el lápiz, como sacaría su revolver el siempre listo  John Wayne en los “Centauros del desierto “.

Años después, ya instalados en Chiloé, en el taller Puertazul con Renato Vivaldi -que tenía uno de sus dibujos en el que Neruda enamoraba a una mujer sandía- no dejábamos de admirarlo, seguíamos su carrera y siempre era un referente para nuestro trabajo.

Muchos siglos y películas después, para rescatarlo de los brazos de un tóxico Santiago, con unos amigos lo convencimos de venirse a vivir a Castro. El día que llegó, después de un largo viaje le pregunté si tenía sueño,  me respondió:

  • No hermano, yo no tengo sueño, tengo sueños.

Le propuse que viniera a trabajar todos los días en horario de oficina a mi taller. Y ese fue el principio de una gran amistad como diría Humphrey Bogart en “Casablanca “. Allí  gastó al lado de la estufa, cajas y cajas y lápices de colores, fundiendo con la técnica del frottage  vacas con casas y a Le Corbusier con la iglesia de Castro. Mientras nos hacía escuchar a Miles Davis. Y mis hijos lo miraban encandilados.

Obras que fue diseminando por casas y bares de la ciudad,  donde encontró al  igual que Vincent van Gogh en el notario don Arcadio a su mecenas y hermano Theo. Una ciudad donde se llenó de amigos que no lo olvidan a los que se entregó con un amor cristalino. Dejando una huella  indeleble en todos los que tuvimos la fortuna de conocerlo. Y el legado artístico de un hombre lúcido.

Voy y vuelvo,  dijo un  día que  partió con sus obras a exponerlas en Santiago, allí  conoció a María, su ángel guardián que lo cuidó hasta sus últimos días con una “ardiente paciencia”. No regresó a Chiloé  sino a Valdivia, otra ciudad que lo homenajeó y acogió con cariño.  Donde dejó también en muchas personas y en las nuevas generaciones un recuerdo imborrable.

Las veces que fui a Valdivia por trabajo o para hacer clases en la Escuela de Arquitectura de la UACh y tenía tiempo lo pasaba a ver y en ese breve instante en que nos reencontrábamos, allí volvía a estar presente esa lucidez creativa que tanto me fascinaba y que vamos a echar de menos.

Lanzo un sombrero al viento por tu partida querido hermano.

Edward Rojas
Arquitecto collagista
Premio Nacional de Arquitectura
Castro, 2 de junio de 2021.

Imagen: Autorretrato (1970), Germán Arestizábal

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